Lo que nos cuenta la forma de los árboles

LCA 89 ABR 2021 >>

Lo que nos cuenta la forma de los árboles (y II), la vida también es dura para los árboles

Miguel Ortega Martínez / Técnico del Espacio Salto de Roldán, Nueno, Huesca. Ignacio Piedrafita Latasa / Arborista. Consultoría en arboricultura. Técnico superior de recursos naturales y paisajísticos. Zaragoza.
Ilustraciones / Miguel Ortega Martínez

Las modificaciones del aspecto general y habitual de los árboles, nos pueden dar información no solo sobre las condiciones ambientales de la zona en la que se desa- rrollan, sino también sobre perturbaciones y eventos ya pasados. Esta información nos puede ayudar de una forma sencilla, a hacer una primera evaluación de las características y de los riesgos de una determinada zona.

El plan de crecimiento, la arquitectura, el hábito de las especies arbóreas sólo se manifiesta de una forma clara si las condiciones ambientales son ideales. Pero ya sabemos que en la naturaleza éstas, aún dentro de una línea de continuidad, tienen momentos o periodos de irregularidad en especial como perturbaciones y eventos climáticos. Los ejemplares que sobreviven a ellos guardan esta información en su crecimiento tanto de anillos como en la forma de sus troncos y copas, a veces enmascaradas por el tiempo con crecimientos consecutivos que pueden proveer de nuevas ramas o cubrir heridas y cicatrices con el crecimiento secundario del tronco, por la acumulación de varias perturbaciones o eventos no necesariamente del mismo tipo.

Esta información sobre zonas de viento, aludes, riadas, incendios nos puede servir a través de la dendrocronología para situarlas en el tiempo, ponerles fecha y así conocer los periodos de retorno de diferentes fenómenos en especial en las zonas donde no tenemos registros escritos sobre los mismos.

Y aunque no accedamos a la información de los anillos de crecimiento, el aspecto del árbol nos puede ayudar a comprender los fenómenos y poder situar zonas de riesgo, siempre que se conserven los árboles involucrados.

Dada la recuperación de la cubierta vegetal muchas veces los árboles afectados, los ejemplares con información relevante sobre perturbaciones y eventos, y donde podemos obtener la información, se hallan escondidos entre la masa de árboles jóvenes (o de arbustos) que no han sufrido ningún tipo de afección, y una mirada general no nos permite evaluar la zona adecuadamente.

1. Ramoneo

Los grandes vertebrados herbívoros pueden influir en el aspecto, eliminando la parte inferior de la copa dándole así el aspecto típico de árbol o bien im- pidiendo su desarrollo en altura (a). En el caso de los lugares donde abundan las cabras y escasea el pasto, algunas especies de matorral son comidas de forma sistemática lo que les confiere un aspecto con formas redondeadas, que recuerda al arte topiario, donde las hojas solo subsisten tras la protección de las ramillas (b).

La costumbre de rascarse contra los fustes, espe- cialmente los jabalíes en los troncos de pino, les ge- nera grandes heridas en los troncos pues suelen re- currir siempre a los mismos árboles, pudiendo matar al ejemplar por anillamiento si logra frotarse en todo su perímetro (c).

2. Luz

Cuando ésta incide lateramente en el árbol, si com- pite con otros pies desarrolla un tronco inclinado hacia la luz (a), o si es por un obstáculo geográfico como la propia ladera, se desarrolla una copa asimé- trica orientada hacia la luz (b).

Puede ocurrir que árboles que crecían solitarios, queden dentro de masas forestales con una mani- fiesta falta de luz, que se evidencian por la escasez de follaje en copas con abundantes ramas muertas, llegando en las especies más heliófilas a perecer (c). Sirva como ejemplo árboles trasmochos que duran- te años se han formado en ecosistema de dehesa y una vez se ha abandonado el carboneo o la ac- tividad silvo-pastoral se han visto arrinconados por pies jóvenes que han prosperado rápidamente dis- minuyendo el porcentaje de luz y promoviendo un decaimiento lento pero constante de los ejemplares más veteranos. Este ejemplo representa uno de los problemas que suele tener el arbolado veterano en zonas donde la recuperación vegetativa (rewilding) está avanzando rápidamente, eliminando la huella anterior de ecosistema productivo y de abasteci- miento humano.

3. Temperatura

En las zonas más frías como la alta montaña, y ya en el límite altitudinal superior del bosque, árboles y ar- bustos desarrollan portes rastreros y almohadillados que les proporcionan algunos beneficios: menor ex- posición al viento (disminución de la deshidratación, desecación o daños mecánicos por los materiales que transporta) (a). Disminución de la evaporación al generar una atmósfera confinada que ofrece un confort térmico en su interior con temperaturas más suaves que las del ambiente, tanto en periodos fríos: nieve, como cálidos (Gómez, et al., 2020). Aprove- chamiento del calor del sustrato calentado por el sol (b). Almacenamiento y utilización de materia orgánica procedente de la descomposición de ramas y hojas que, así puede ser reutilizada por los propios ejempla- res y que puede garantizar preservación del sustrato, normalmente exiguo, debido a su situación en zonas con fuertes pendientes y poca retención de suelo.

Algunas especies leñosas gracias a estas formas actúan como pioneras en la colonización, facilitan la germinación de semillas y el desarrollo de muchas otras plantas que, sin ese apoyo no podrían colonizar estos espacios por la ecología propia de la especie. Este fenómeno asociado se conoce como facilitación y se puede observar en zonas montañosas u otros ambientes restrictivos como desiertos o zonas áridas.

4. Viento

El viento suele traer frentes de nubes con precipitacio- nes, pero su velocidad puede ocasionar daños mecá- nicos sobre las leñosas, con rotura de ramas, de fustes o inclinar y llegar a tumbar al árbol. Si los vientos son secos, su potencial deshidratador altera la transpira- ción de las hojas generando diferencias de humedad relativa dentro de la hoja y en su superficie. Esto des- encadena que haya un potencial hídrico muy bajo en el exterior, ya que el viento se lleva el vapor de agua de la superficie de la hoja y genera una mayor transpi- ración debido a que el agua tiende a fluir de las zonas con mayor potencial hídrico a las zonas con menor potencial generando deshidratación, desecación de los brotes y hojas tiernas al producir un enfriamiento en el exterior. Esta afección condiciona la silueta de los árboles fomentando perfiles abanderados donde el follaje suele desarrollarse a sotavento (zona más res- guardada del viento(a,b). Es una estrategia que tienen los árboles para disminuir el coeficiente de arrastre del viento.

El viento estimula el desarrollo de formas con menor crecimiento en altura y siluetas más rastreras ( c,d,e). Tigmomorfogénesis, (Jaffe, 1973) es la respuesta de las plantas a los estímulos mecánicos evidenciados por la alteración de los patrones de crecimiento. En casos de vientos frecuentes de dirección constante, la respues- ta al estímulo mecánico que genera el viento provoca flexión en los árboles y el aumento de células del xi- lema (rigidez) como respuesta (Telewski y Jaffe, 1986). De esta manera, el viento como perturbación constante fomenta la generación de madera de flexión (Telewski, 1989). Esta madera, dependiendo de los esfuerzos que soporta, tendrá un módulo de elasticidad diferente y una resistencia a la ruptura acorde a ese módulo. Según (Niklas, 1998), la reducción en altura como respuesta a vientos fuertes desencadena un mayor crecimiento radial de los tallos en la dirección de la perturbación mecánica, reduciendo su momento de flexión y así dis- minuyendo el estrés generado en el sistema radicular. En árboles sometidos a vientos constantes se ha obser- vado un mayor crecimiento del sistema radicular (Mic- kovski y Ennos, 2003) lo que genera una redistribución de biomasa en las raíces (Moulia, 2013) desarrollando un anclaje magnífico. De esta manera ante rachas cons- tantes el tronco normalmente suele hacer de protección como parte más expuesta al viento desarrollando la copa a sotavento, aunque puede usar como resguardo rocas o el propio relieve de la zona.

En los bosques notamos su influencia en los contrafuer- tes de la base del tronco, a nivel del suelo que es donde la tensión es mayor. Los árboles de bosque en primera línea y más expuestos a vientos constantes suelen ca- racterizarse por mostrar estos contrafuertes (f).

En las zonas costeras se desarrollan frondas en forma de cuña a barlovento en las que pueden participar en- tremezcladas varias especies de arbustos y de árbo- les. El viento cargado de aerosoles con agua de mar (maresía), seca los brotes más tiernos y ayuda a dar la forma aerodinámica (g,h).

5. Riadas

Son eventos a los cuales la vegetación de ribera está adaptada y las especies se distribuyen con relación a ellas. Así en primera línea se encuentran especies que no solo toleran las inmersiones sino que, fuerte- mente enraizadas oponen la mínima resistencia a la corriente plegándose como estrategia obligada a la fuerza del agua (a). Normalmente suelen ser tamari- ces (Tamarix spp) y sauces (Salix spp) de hojas estre- chas con tallos flexibles. La siguiente línea, ocupada por álamos donde los troncos suelen ser lo bastante resistentes pero reciben golpes por el material flo- tante que transporta la crecida. Los episodios vio- lentos súbitos llamados “flash food” (Ollero, 1997) son eventos que además de modelar la vegetación, son un vector de propagación vegetativa de enor- me importancia para estas especies leñosas. En las zonas de crecidas violentas los sauces pueden no recuperar su posición inicial y mantener la forma hi- drodinámica (b).

6. Fuego

La ecuación vegetación, altas temperaturas, baja humedad relativa y viento genera posibilidad de incendio y son las plantas de ambientes mediterrá- neos las más adaptadas a los periodos de retorno más cortos. Esto no quiere decir que no ardan con el fuego, sino que tienen estrategias no solo para recuperarse después del evento, sino también para aprovecharlo y expandirse. Así las especies rebro- tadoras aprovechan el aislamiento térmico del suelo, para bajo él disponer de yemas en las raíces o en órganos especiales denominados lignotubérculos desde los cuales rebrotar (a,b). Aunque si el incen- dio no ha sido de alta intensidad pueden rebrotar también desde las ramas principales (c). El logro de rebrotar tras fuego en ocasiones no es un éxi- to seguro, ya que árboles y arbustos dependen de su estado anterior a la alteración, de su capacidad post-perturbación de asimilar nutrientes, del vigor de la rebrotación y de la supervivencia tras el pro- pio rebrote (Moreira, Tormo, Pausas, 2011). Como ejemplos están las quercíneas o algunos arbustos como enebro de la miera (Juniperus oxycedrus), y el madroño (Arbutus unedo).

En el caso de los olivos sucede que sus gruesos troncos, incluso la zona bajo
el suelo, están huecos o rellenos de madera ya en pudrición, de manera que arden desde el inte- rior del tronco, incluso antes de que lo hagan las hojas; pu- diendo rebrotar de las raíces, no del tocón, creando un perí- metro de chupones alrededor del mismo (d).

7. Deslizamientos de ladera y desprendimientos de rocas
El fenómeno de los árboles curvados en laderas se conoce como reptación o “creep”. El suelo se sue- le desplazar debido a imperceptibles movimientos a escala humana por variaciones en el régimen de agua (ciclos de hielo y deshielo) y favorecidos por la gravedad que genera desestabilización en el te- rreno. Los árboles como bien se sabe responden con crecimiento geotrópico negativo “hacia la luz” y el deslizamiento del terreno genera que la base del tronco se incline hacia el lado de la pendiente (a). Con el paso de los años, la reptación y la madera de reacción de los árboles hace el resto para poder observar esta forma singular de algunos ejemplares.

En el caso de desprendimientos como caída de ro- cas desde barrancos secos con grandes pendientes o desde escarpes tras una tormenta se pueden ge- nerar descabezamientos y/o grandes heridas elimi- nando la guía apical del arbolado, parte del tronco, ramas secundarias y follaje (b).

8. Nieve

Uno de los mayores efectos de la nieve son los alu- des o avalanchas, si bien se producen en lugares de- terminados con gran innivación, laderas convexas, vertientes a sotavento y fuertes pendientes (> 25o). La nieve solo necesita de un escaso desplazamien- to para con su peso tumbar árboles en las primeras etapas de crecimiento, pero estos pueden recupe- rar la posición vertical describiendo una curva si los ejemplares en estadíos juveniles no están totalmente lignificados. Es importante destacar que la distinta composición de la nieve (seca o húmeda) puede pro- vocar distintas consecuencias en el arbolado como fracturas. En la zona de impacto de la nieve, el árbol puede carecer de ramas y tener cicatrices por el gol- pe recibido de los materiales que arrastra (a).

En el supuesto que los árboles se encuentren am- parados tras una gran roca, solamente perderán la parte desprotegida y aunque los aludes se repitan, sus troncos continuarán rectos pero la copa crecerá paralela al suelo (b,c). En el caso que los ejempla- res no tuvieran protección en la trayectoria del alud, serán arrancados, pero si están parcialmente ente- rrados en la nieve el alud partirá solamente el fuste que sobresale. En el hipotético caso de sobrevivir a la perturbación, los troncos quedaran inclinados o tumbados (d). Si la avalancha de nieve no ha eli- minado totalmente el sistema radicular los árboles se podrán recuperar después de varios años y algu- nas ramas crecerán como guías en vertical llamados reiterados traumáticos retardados (Édelin, 1984) en forma de arpa. Obtenida esta nueva silueta, la inci- dencia mecánica de un nuevo alud afectará mucho menos al ejemplar debido a su orientación tumbada y ofrecerá menos resistencia, aunque le hará perder parte de follaje (e). Por lo tanto, sucesivas avalan- chas de nieve harán que la copa se desarrolle ladera abajo (f). Esta adaptación morfológica y resiliencia de los árboles es la metodología que ocasiona me- nor oposición al paso de los aludes y permite a los ejemplares sobrevivir.

La nieve puede suponer un problema simplemente por su peso. Su efecto se intensifica al depositar- se con más facilidad en las zonas distales y crea un efecto palanca en las ramas, especialmente en especies de hoja perenne. En árboles ahilados con gran esbeltez pueden doblar completamente el tronco (a), mientras que en otros la nieve hará que las ramas se inclinen hacia el suelo de forma pen- dular. Si el peso no ha fracturado la rama, una vez

desaparezca la nieve se recuperará la forma habi- tual (b). Este efecto es muy notable en los cipreses, ya que la nieve abre y desorganiza temporalmente su forma compacta (c). En especies habituadas a grandes nevadas la estrategia es sencilla, ramas horizontales o inclinadas hacia el suelo, excurren- tes, que con el peso de la nieve se van inclinando más, hasta que la nieve se desliza, cae y las ramas se descargan retomando su posición inicial (d).

Bibliografía

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